Capítulo 1 · Lectura gratuita
El origen de la libertad humana
«Comportaos cual libres, no ciertamente como quien toma la libertad por velo de la malicia, sino como siervos de Dios.»
1 Pedro 2, 16La fe nos enseña que la libertad no es un capricho, sino una capacidad sagrada: somos libres para amar, para elegir el bien, para servir a Dios y a los demás. Pero el mundo, con astucia, presenta la libertad como un derecho a hacer lo que nos plazca, sin límites ni responsabilidad. Sin embargo, como dice Pedro, ser libres no es un velo para la malicia, sino una llamada a ser siervos de Dios.
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El pecado, en el fondo, es un mal uso de la libertad que nos esclaviza; la verdadera libertad, en cambio, nos hace hijos de Dios. Este primer capítulo contrasta esa visión cristiana con la concepción mundana que confunde libertad con autosuficiencia y placer inmediato.
Escucha cómo lo dice la Palabra: «Creó desde el principio al hombre, y le dejó en manos de su consejo». No hubo otra criatura a la que Dios le confiara semejante don. Al sol le dio su órbita, al mar sus límites, a los animales su instinto; pero al hombre —y solo a él— le dio la capacidad de decidir, de deliberar, de elegir. Eso es lo que lo hace distinto de toda la creación: no es una pieza más de un engranaje, sino un ser hecho a imagen de Dios, capaz de conocer el bien y de abrazarlo libremente.
Y aquí está el misterio que el mundo no logra comprender: que Dios, siendo el Señor de todo, se detiene ante la libertad humana con un respeto infinito. Él no fuerza, no arrastra, no manipula; no adoctrina, propone, ilumina y espera. La grandeza del hombre no está en su fuerza, ni en su inteligencia, sino en que Dios lo hizo capaz de responderle con amor, y el amor solo existe donde hay libertad verdadera.
Así sigue el libro, a lo largo de 67 páginas.

